De un tiempo a esta parte me he percatado de la cantidad de mensajes que nos llegan a través de todos los medios sobre cómo ser feliz, cómo estar bien con uno mismo, cómo dejar de sufrir…, y en todos ellos se deja entrever que el ser humano si no es feliz es porque no quiere, porque cualquier circunstancia, acontecimiento o suceso, por muy trágico que sea, no debe hacernos perder el buen ánimo, la sonrisa y la mirada iluminada. Bien, lo veo bien.

Me parece correcto que el ser humano busque la felicidad a toda costa y luche por ese estado eterno de ensimismamiento perpetuo pero, a mí, dejadme estar triste.

La tristeza se ha convertido en nuestra sociedad occidental en el monstruo que nos persigue y del que debemos huir, un estado de ánimo connatural del ser humano que hemos repudiado a base de entenderlo como negativo por nuestra forma de pensamiento disyuntivo.

Lo contrario a la felicidad es la tristeza, la melancolía, el malestar…y todo ello no tiene cabida en una sociedad que se construye sobre la apariencia y quiere reconocerse en el bienestar.

Una sociedad que castiga el desánimo, que no tolera la angustia, que restringe los momentos de dolor; una sociedad, en definitiva, que niega la totalidad de las emociones para escoger sólo aquellas que le hacen olvidarse de su debilidad humana, hermosa debilidad humana.

Es a través de los estados que provoca el dolor cuando podemos curarnos realmente de la herida que nos deja una pérdida, cuando se desahoga a través de las lágrimas esa alma cansada de sus circunstancias, es con la melancolía cuando devolvemos la calma a un corazón acongojado, a una mente atormentada.

La felicidad cura y estar triste también. Luchar contra los sentimientos naturales que no están valorados socialmente es como esconder la basura debajo de la alfombra, tarde o temprano se manifestarán y lo harán como quien ha estado enjaulado, de forma descontrolada, violenta, inhumana.

Quiero estar triste cuando toca, llorar por lo que me duele, sumergirme en la melancolía por lo que fue.

Si no hay noche sin día, ni cara sin cruz por qué nos empeñamos en que sólo exista la felicidad. ¡Qué flaco favor hubiera hecho este pensamiento contemporáneo a la creación de algunas de las obras de arte que hoy admiramos!

Käthte Kollwitz, escultora de la obra Madre e hijo muerto, pudo con ella exteriorizar la angustia que sufrió por la pérdida de su hijo y de su nieto en la Primera Guerra Mundial.

Madre e hijo muerto de Käthe Kollwitz

Sylvia Plath supo expresar el dolor en poemas como Últimas palabras:

“No confío en el espíritu. Huye como vapor en mis sueños,
por la boca o los ojos. No puedo impedírselo.
Un día se irá para no volver.”

El romántico y trágico Hölderling pudo escribir:

“¡sé bien venido, mundo de las sombras!
Feliz estoy, así no me acompañen
los sones de mi lira, pues por fin
como los dioses vivo, y más no anhelo.”

Y qué hubiera sido la obra de Frida Kahlo sin la angustia física del dolor.

Frida Kahlo

Mi pregunta es: ¿todos ellos hubieran sido grandes artistas si se hubieran ocupado por alejarse de la costa del dolor y se hubieran empeñado en vivir en busca exclusivamente de la felicidad?, ¿una obra de arte se puede crear ignorando alguno de los sentimientos que forman parte de nuestra esencia humana?.

Yo quiero estar triste, quiero la melancolía, quiero dialogar con el alma trágica y luego, contemplar las maravillas del mundo.