Las redes sociales son el escaparate de vidas paralelas, de sueños de vida que se quieren alcanzar, de esperanzas por escapar de la realidad. Lo hemos asumido de tal modo que es imposible estar tristes en ellas. La vida real no cabe dentro de las pequeñas pantallas, todo se disfraza de brilli-brilli y unicornios voladores.

La realidad nos está pegando un guantazo con la mano abierta y nos hemos refugiado en las RRSS como antaño los cristianos en las catacumbas.

Huimos del miedo, de la angustia, de la sensación de vulnerabilidad. Ahora el peligro no lo están corriendo “los otros”, los que huían de guerras, del hambre o del infortunio. Ahora los perdedores somos nosotros. A los que persigue la Parca a cara descubierta es a nosotros, a lo occidentales, a los que nos creíamos todopoderosos, a los que mirábamos por encima del hombro, a los que negábamos auxilio a quienes lo suplicaban.

La realidad nos ha devuelto al barro, y ahora, con las manos más limpias que nunca, hemos sido señalados por la negra sombra. Europa, cuna de la civilización se ha tornado tumba de quienes la habitan.

Ahora, quienes piden ayuda no vienen en pateras, no están dejándose la piel en concertinas, ahora, los que gritan desesperados, es nuestro personal sanitario, nuestros propios ciudadanos, “los nuestros”, a los que aplaudimos desde cada balcón y cada ventana para infundirles ánimo, para ofrecerles un aliento de fuerza que no subsanará las deficiencias con las que tienen que enfrentarse a esta pandemia, pero que quisiéramos que al menos, reforzará su espíritu para poder seguir enfrentándose a ella.

A la más cruda de las realidades se contrapone la voluntad de quienes vuelcan en las redes sociales su buen humor, quienes inventan y comparten ideas para hacer más llevadero el confinamiento y sí, puede llegar a animar, pero también puede acabar por enmascarar otros sentimientos como el miedo, la rabia, la tristeza y la desesperación que pueden invadirnos y, que es importante que los miremos de frente y nos reconozcamos en ellos porque esos sentimientos son lícitos. No olvidemos que la alegría impuesta también puede ser cruel.

Entrar ahora en cualquier red social es como vivir en el país de las maravillas con sus publicaciones llenas de optimismo, de actividades lúdicas, de ganas de pasarlo bien, pero, qué pasa con los que miramos desde la ventana y sentimos que somos los protagonistas de una distopía. Qué pasa con los que vemos más miedo que alegría, qué pasa con los que nos mantenemos alejados de la algarabía y de la falsa felicidad tweetera.

No hay actividad en las redes que pueda aplacar el sentimiento de perdida.

Pérdida por los que se van sin ser despedidos, pérdida de quienes se quedan sin poder despedirse, pérdida de quienes cuando pase el virus no tendrán que salir de casa porque no tendrán trabajo al que ir, pérdida de la esperanza en el ser humano al que se le pide quedarse en casa y no lo hace, pérdida, pérdidas…

Y todas estas pérdidas van repletas del dolor del que es imposible alejarse y que no tiene presencia más que en tu propia soledad, en tu propia individualidad, en tu propio ser de ser único.

Las redes no nos dejan estar tristes, se han llenado de cosas que hacer, de actividades que completar y de un machaqueo constante de lo bien que lo está pasando todo el mundo en casa. Al margen de todo esto, una pregunta, ¿hacemos lo que hacemos porque lo podemos subir a las redes o, porque realmente queremos hacerlo? Me temo que hay mucho narcisista suelto que solo quiere ver cómo aumentan sus reproducciones o su likes. ¿Seguiríamos aplaudiendo si los vídeos no se subieran a las redes? ¿Seguiríamos cantando en los balcones si no tuviéramos seguidores a los que mostrárselo? Pero, como digo, este es otro tema.

Hoy, el tema es de la necesidad de poder expresar la tristeza, el miedo, la incertidumbre, el dolor…hoy es sobre la necesidad de poder escupir fuera del cuerpo los sentimientos que nos provocan un nudo en la garganta, que nos dejan en silencio, que nos rompen el alma.

La fachada de la alegría impuesta se ha extendido por todas las redes sociales. Familias perfectas, vacaciones perfectas, cuerpos perfectos, vidas perfectas que no son más que un espejismo que nos atrapa y a la vez nos condena; ya que, al verlas, nos muestran con crueldad que nuestra familia no es perfecta, que no tenemos vacaciones, que nuestro cuerpo no es modélico y que nuestra vida se sustenta a penas con palillos.

La realidad, la que ahora se nos está desvelando, dista mucho de la fantasía de una vida maravillosa, y no tiene cabida en esa otra vida paralela llena de likes.

Hoy, estas letras quieren cobijar a todos los que no ven en esta pandemia un espacio de ocio, ni de oportunidad de crecimiento, ni de momento para hacer todo lo que tenían aplazado.

Hoy, estas letras son para todos los que tienen quebrada el alma por el esfuerzo que están haciendo para mitigarla, por los que tienen miedo intuyendo cuál va a ser su futuro, por quienes lloran en la distancia a sus muertos, por quienes velan los cadáveres de los que no son sus muertos, por los que se desvelan luchando entre el querer y el poder, por los que guardan besos para darlos sabiendo ya que son besos perdidos… Hoy, estas letras son para las almas tristes que no encuentran reflejo más que en su propio espejo.

¡Salud y fuerza! Nos veremos al otro lado del coronavirus.