España es un país grande, lleno de gente grande que hace cosas grandes. Imposible comprender cómo no somos una gran superpotencia con tanto profesional viviendo en él.

El coronavirus nos ha descubierto que en cada grupo de WhatsApp hay un experto en logística, otro en medicina, un futuro premio Pulitzer, un gran gestor, y, como no estamos en mundiales, el entrenador que todo español lleva dentro, es ahora un gran presidente de gobierno. Dicho de otro modo, los grupos de WhatsApp se han convertido en la barra de bar, a la que no se puede ir, en donde tener el altavoz de la razón.

Se dice que en las crisis, el hombre saca lo mejor de cada uno pero maticemos, solo si dentro lleva esa bondad, porque la realidad es que, con esta pandemia, también estamos comprobando que se saca lo peor. En estos malditos días, se pone de manifiesto el odio de quienes ven la ocasión de explayarse y de encontrar los acólitos que aplaudan su discurso.
¿Por qué digo esto? Porque se está acusando al gobierno actual de no hacer lo que debía hacer sabiendo lo que iba a pasar.

Son duras las palabras si las analizamos, puesto que los que así hablan están diciendo que el gobierno es un asesino de masas y además con alevosía. Si realmente piensan lo que dicen, deberían empezar a redactar el texto con el que llevar ante los tribunales a todos estos hombres y mujeres del gobierno español para acusarlo de lesa humanidad.

¿Se podría haber hecho mejor? Rotundamente, sí. Porque todo es susceptible de ser mejorado, pero de ahí a llamar asesinos a quienes han tenido y tienen que tomar decisiones a las que jamás habían pensado que tendrían que enfrentarse, hay una gran diferencia.

El coronavirus se ha convertido en el escenario ideal para volver a representar el cainismo que no conseguimos desterrar de nuestro espíritu patrio.

No es mi intención hacer una defensa del gobierno, sino un retrato de quienes están levantando sus máscaras y mostrando el odio, el mal que llevan dentro y que lo vomitan sobre quiénes tienen que tomar decisiones. El gobierno es ahora el chivo expiatorio de muchos y el blanco necesario para ganar rédito político.

Lo que asusta no es la lucha legítima por el poder, lo que aterroriza es sentir los colmillos crecer, y el apetito por la sangre de muchos.

¿Cómo consiguen su propósito? Deshumanizado al rival político para convertirlo en objeto, cosificarlo para poder atacarlo sin sentir que detrás existe la persona.

El gobierno es un ente, no tiene un cuerpo físico, un presidente, es una representación del poder de un territorio, no un ser humano, y, sobre estas abstracciones, se está construyendo un discurso del odio que justifica cualquier ataque. El problema es que el ataque sí se haría sobre una persona real.

¿Podemos ponernos por un momento en la piel de quién hoy ostenta el poder en cualquier comunidad o nación y sentir lo que debe sentir cuando posa la cabeza en la almohada? ¿Seríamos capaces nosotros de soportar el peso de todas estas muertes? No, porque nosotros mismos nos vemos como individuos y no como entes abstractos, en cambio, a quien queremos atacar, le quitamos su parte humana y confundimos a la persona con el organismo al que representa.

Un ejemplo, se dice que «los judíos» fueron exterminados en la Segunda Guerra Mundial. «Los judíos» no es más que una abstracción, no se asesinó a «los judíos», se asesino a hombres, mujeres y niños con nombre propio. Y, cuando dejamos de pensar en «los judíos», para entender que eran seres únicos e individuales, es cuando somos capaces de sentir el horror de aquellas acciones. Los soldados nazis mataban a «los judíos», no a personas con nombres y apellidos. De nuevo, la abstracción de los individuos confiriéndoles un todo, enjaulándolos a todos bajo un mismo concepto, «los judíos», para poder ejercer así sobre ellos los actos más sangrientos.

Hoy, salvando las distancias, volvemos a generar esa abstracción para poder atacar sin mala conciencia al «enemigo». Ahora, no hay personas formando un gobierno, hay «gobierno», hay «presidente», hay la negación del ser humano que ejerce esa función.

Es más, en algunos casos, se les ha arrebatado hasta el nombre. Hay personas en política que en esas tertulias de barra de bar, no se les llama por su nombre si no por un apodo surgido de no se sabe donde. El nombre, lo que nos identifica como seres únicos dentro de un colectivo, es lo que se le arrebataba también a los deportados a los campos de concentración para sustituirlos por un número grabado en la piel. Se les grababa un número, no su nombre, para así dejar de ser humanos y convertirse en cosas, en números. A todos, los que estáis haciendo lo mismo con este político, a todos los que le habéis arrebatado su nombre, ¿sabéis lo que estáis haciendo? ¿sabéis a lo que estáis jugando? Estáis negando una identidad, estáis negando a la persona que existe detrás de un nombre.

Oí una vez que en las guerras se pedía a los soldados que si eran apresados mirasen a su enemigo porque si, por un momento, el enemigo era capaz de verse reflejado en el rostro de quién tenía preso, si era capaz de descubrir en la mirada del otro su humanidad, sería más difícil que lo matara.

Si en vez de entes abstractas: gobiernos, estados, patrias, consejeros, presidentes, alcaldes…vemos seres humanos haciendo lo mejor que pueden, entonces y solo entonces veremos al ser humano y el dolor que puede sentir.

Es imposible no pensar, con dolor, en quienes justifican sus acciones amparándose en la patria y en todos los discursos impregnados de odio que niegan la verdadera naturaleza humana para convertir al enemigo en objeto, en cosa.

La guerra hace meses que ha empezado en España, en este país grande de grandes personas, y ha empezado cómo empieza siempre con pequeñas acciones que no dicen mucho pero que son la piedra que formará la montaña que formará la contienda.

Todos somos responsables de nuestros actos, ¿cuáles son los tuyos?


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