La alerta sanitaria en la que está inmersa España no es más que el principio de una larga lista de alertas que se van a ir sucediendo en meses venideros.

Ahora es la pandemia la que nos ha obligado a mantenernos aislados, encerrados en casa por el bien general. Y así lo hacemos, conscientes de que se trata de una necesidad y de una obligación moral. La salud es un derecho y nadie puede poner en riesgo la de su conciudadano con la excusa de la libertad individual.

Vivimos como colectividad, nos guste más o nos guste menos, y nos hemos dado leyes que salvaguardan el bien común. Ahora esas leyes cobran más sentido que nunca, justificadas por el mayor fin que tiene el ser humano, seguir viviendo.

La pandemia está haciendo estragos entre la población, a unos les afecta físicamente, y, a muchos, mental y emocionalmente. Entre meme y meme, que nos ayuda a sobrevivir, son muchos los que volvemos a cuestionarnos nuestro lugar en el mundo, nuestro lugar como especie y como individuos. No tenemos respuesta.

Junto a las bromas, las redes sociales se están llenando de reflexiones sobre la latencia de una necesidad que no percibíamos, la necesidad de detenernos, de dejar de correr de un sitio a otro, de frenar nuestra actividad que además estaba perjudicando al planeta, de mirar al otro a los ojos, de ser mejor persona… Todas estas reflexiones desembocan en un pensamiento infantil de quienes creen haber visto la luz y, como San Pablo, ahora creen que el ser humano dará un giro de 180 grados y se convertirá en un ser de luz.

Pues desde mi humilde opinión, no le encuentro la gracia a que haya tenido que generarse una pandemia para que estos iluminados del tres al cuarto sientan que pueden redimirse de sus pecados.

No me hace ni puta gracia, porque los que ya eran buenas personas, quienes saludaban al vecino, quienes ayudaban al anciano, quienes respetaban a los sanitarios y quienes apoyaban a los desprotegidos, ahora, todos esas buenas personas, están expuestas a esta pandemia por cuatro mierdas que se han portado egoístamente durante toda su vida y ahora proclaman la conversión del ser humano.

Desde mi atalaya que no se alza ni siquiera, os mando a todos a la mierda. Vuestro egoísmo seguirá existiendo después de que pase este virus, vuestra falta de escrúpulos, vuestra mala educación y vuestra falta de humanidad, seguirá existiendo y, en cambio, en la lista de caídos de este COVID-19 habremos perdido gente buena que no se merecía esta pandemia para aprender nada, porque ya lo traían aprendido de casa.

Los que creéis que el ser humano va a sacar una gran lección de esto, sabed que estáis en el mismo estado que el borracho que, en su estado de embriaguez ve a todos como amigos para que, al día siguiente, ya lúcido, no reconozca a ningún compadre con el que se desgañitaba la noche anterior cantando «Asturias, patria querida».

¡Despertad! Porque cuando pase la pandemia el que hoy se llena la boca diciendo que dejará de lado las rencillas y verá al que tiene al lado como un hermano, volverá a coronarse como cabrón. Y, quien, en cambio, ya amparaba a quien necesitaba de ayuda, seguirá con su labor en silencio, sin aspavientos.

A los que estáis aprendiendo cosas en este estado de alerta, ya os digo que habéis sido muy tontos entonces si habéis necesitado de esta crisis para cambiar vuestra actitud y empezar a ser un poco más humanos.

Reflexionad qué estabáis haciendo con los que teníais alrededor si ahora os dais cuenta de la solidaridad y de la necesidad de apoyo que tenemos unos y otros. Reflexionad sobre vosotros mismos y dejad de dar clases de moral improvisada.

A todos los que no os sintáis aludidos, a todos los que ya estabais en el camino del crecimiento personal, a todos los que ya erais y seguiréis siendo buenas personas, antes de que llegara este virus de miedo, a todos los que no entendéis a todos estos nuevos iluminados: ¡Salud y fuerza! Nos veremos al otro lado del coronavirus.


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