De nuevo se les hacía tarde, una mañana más en la que le costaba demasiado tiempo levantarla de la cama.
Era de día, pero todo empezaba de noche. Empezaba con esos terrores nocturnos que Esperanza no supo de dónde surgían pero que paralizaban por completo a Eva.
Eva, lloraba y gritaba sin parar cuando, después de horas de mimos se quedaba dormida, la despertaba de golpe un algo invisible que le hacía gritar una y otra vez “¡Mamá, mamá! ¡Quiero que venga mi mamá!” Esperanza se levantaba con el sueño en los ojos y el dolor en el alma, y corría hasta el cuarto de Eva. A veces, se la encontraba con los ojos cerrados, pero cuando más le conmovía era cuando aún teniéndolos abiertos seguía reclamando el abrigo y el cuerpo de su madre.
Esperanza la atraía hacia sí, le acariciaba la cabeza, le susurraba al oído y en esas palabras inaudibles se colaba en la mente de Eva hasta devolverle la calma. Una calma sudorosa, pegajosa, quebradiza. Una calma que, aunque durase, no duraba porque Esperanza tenía la angustia dentro de ella. “¿Hasta cuándo?” – se preguntaba, “¿hasta cuándo?”
Aquella mañana sabía que se les haría de nuevo tarde porque Eva prefería dormir cuando ya se había roto el pasadizo de la noche y se pintaba en el cielo el consuelo de unas luces que conjuraban vida y no pesadillas.
Después de ayudarla a desayunar, a vestirse, a peinarse y a decirle con paciencia, pero con firmeza que tenían que salir ya, Eva la miraba fijamente y le sonría a la vez que le decía un “te quiero…te quiero, mamá”. Esperanza callaba guardando aquellas palabras en un cajón de la memoria porque no sabía qué hacer con ellas.
Salieron a la calle con pasos cortos, como el ritmo de un par de gorriones que no quieren desplegar las alas y prefieren saltar entre aceras y charcos.
“Agárrate a mí, no te sueltes”, le pedía con dulzura Esperanza a Eva. “Cuidado con el escalón”, volvía a prevenirla. “Si yo puedo, yo sé sola”, reclamaba en voz alta Eva. Pero no podía.
Justo cuando llegaron al hospital, sonaban las 12 en el reloj de una iglesia desconocida. Doce campanadas, una detrás de otra. Doce golpes, uno detrás de otro.
“¿Dónde estamos?”, preguntó Eva. “Venimos al médico, a que te vea”. Contestó Esperanza. “¿Por qué?”, preguntó Eva. No obtuvo respuesta.
El tiempo se estaba haciendo eterno en la sala de espera y Eva, comenzó a ponerse nerviosa. Miraba a todas partes como queriendo entender por qué la habían llevado allí, pero sin comprender. Esperanza la distraía contándole historias inventadas, pero Eva ya no respondía, se había escondido en el laberinto de una mente que hacia meses se había empezado a desvanecer.
Cuando Eva fue a hablar, la interrumpió una de las enfermeras: “ya pueden pasar”.
Nada más entrar en la consulta el médico se detuvo en la mirada angustiada de Eva. Dirigiéndose a ella, le dijo: “¿Cómo está la mujer más guapa de la ciudad? Mira, que veo pacientes pero ninguna luce las canas tan bien como tú, Eva.” Eva no respondió, su gesto mostraba la duda y el miedo del que no sabe dónde está.
El médico, se dirigió, entonces a Esperanza y le preguntó, “Cómo está, ¿cómo está tu madre?”
