Nos encanta tener a quien echar la culpa: los inmigrantes, las mujeres, los negros, los de arriba, los de abajo…y ahora, los jóvenes.

A los jóvenes se les está señalando como los causantes de la segunda ola del coronavirus.

¿Por hacer qué? Por hacer lo que les da la gana. Que no es ni más ni menos que lo que esta sociedad les ha enseñado que pueden hacer desde que soltaron la primera lágrima en la sala de partos.

Pero no, la culpa no es de los jóvenes, al contrario, están demostrando que han sido muy buenos alumnos y están respondiendo tal y como la sociedad les ha educado.

No se les puede culpar de no hacer lo que deben cuando está sociedad no les ha educado en el deber sino en el hedonismo.

Se les ha dado bula para hacer lo que quieren, como quieren y cuando quieren y obran en consecuencia.

El «no» está prohibido desde la cuna porque les causa traumas y, con ello, no han podido aprender a manejar la frustración, no saben esperar, no entienden qué es la empatía y, mucho menos, las normas de convivencia puesto que en ellas se representa al otro, es decir, lo contrario al «yo» y eso, para ellos, es un misterio indescifrable…y ahora, en una pandemía que implica el cuidado del otro, se les señala con el dedo cuando solo son el fruto inmaduro gestado por esta cultura del yoismo, la impostura y los filtros.

¿Queréis ahora exigirles que se comporten como ciudadanos ejemplares cuando os habéis encargado de hacerlos emperadores de hogares, colegios, institutos y calles?

Deformar a un ser humano respondiendo a sus caprichos, alejarlo de responsabilidades y postrarse ante sus deseos no puede dar como resultado un individuo apto para vivir en comunidad.

La pandemia está haciendo mucho más que infectar y matar gente, está mostrando nuestras vergüenzas como sociedad. Nos está desnudando frente al espejo y nos está mostrando por dónde estamos sangrando, cuáles son nuestros pecados y nos está devolviendo la imagen patética de una sociedad que se creía Adonis y, en cambio, se parece más el retrato oculto de Dorian Gray.

La COVID-19 nos está devolviendo la imagen patética de una sociedad que se creía Adonis y, en cambio, se parece más el retrato oculto de Dorian Gray Clic para tuitear

Año tras año sabíamos lo que estaba pasando con los temporeros, cómo estaban mal viviendo, su explotación y la falta de derechos laborales, pero no nos ha importado hasta que resulta que «nos ponen en peligro» a nosotros los españoles de bien, a los europeos, a los occidentales.

Por otro lado, la pandemia ha levantado la alfombra de las residencias. La inhumanidad en ellas no nos viene de nuevas, no seamos hipócritas. Sólo que ahora, el COVID-19 ha mostrado el virus de la codicia que se escondía en muchas de ellas, sacando a la luz que no eran más que una empresa con la que ganar dinero.

También sabíamos del despilfarro económico y de la falta de recursos en sanidad, educación y ciencia. Los que trabajaban en los centros de salud nos estaban advirtiendo, pero esta sociedad de a mí qué me importa mientras no me afecte, se ponía en su contra cuando realizaban protestas, huelgas y paros.

Esta pandemia ha puesto los focos sobre hospitales, laboratorios y centros de salud, escenarios a los que esta sociedad, que solo utiliza las manos para aplaudir, había decidido que las reivindicaciones de los que allí se encontraban atentaban contra sus derechos como pacientes.

Y, ¿qué más cosas nos ha traído este virus? el saber que antes existía el «tonto del pueblo», uno por cada pueblo, desperdigados y sin mayor conexión que a todos se les denominaba como el «tonto del pueblo».

Pero, ahora la globalización, internet, las redes sociales y cualquier medio desinformativo que se precie ha conseguido que se junten como borregos y ahora muestren sus tontunas al resto del mundo.

Los «tontos unidos» ya tienen altavoces en donde reconocerse y saber que no están solos. Es más, al contrario, a ellos se les unen el resto de tontos que podían haber pasado por listos, pero que una vez que han encontrado a sus iguales por fin se quitan la máscara y disfrutan como cochinos en el barro, intentando decir la tontería más grande, porque a tonto no le gana nadie.

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Es evidente, el coronavirus, nos ha traído enfermedad y muerte, pero también, el pesar de saber que vivimos en un mundo que dista mucho de ser el mejor de los mundos posibles.

Personalmente, no tengo ninguna esperanza sobre el ser humano. No somos más que otro animal más de la creación que trabaja con ahínco, para su propia autodestrucción.


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