Hay pensamientos que deben permanecer ocultos porque forman parte de lo políticamente incorrecto y, por el bien común, es mejor callar una evidencia como la de que no todos somos iguales.

Los buenistas que dejen de leer esta mi opinión, si se van a ofender, y los fascistas, si es que les llega este artículo, que no se froten las manos que el tema no va por donde ellos quisieran.

Las diferencias, el no todos somos iguales del que escribo, no tiene nada que ver con esas segmentaciones entre razas, edades, sexos, géneros, religiones, creencias o ideologías.

Cuando escribo que no todos somos iguales me refiero a que encendiendo el sacro santo altar de todos los hogares, es decir, el televisor, o rastreando por las redes sociales, nos encontramos con seres bípedos sin plumas que se consideran el summum de su especie, no siendo más que, y ya lo adelanto desde aquí, los nuevos bufones 2.0.

Se cuenta que en otras épocas existían unos seres vivos llamados bufones, en su mayor parte personas con algún rasgo grotesco o deforme, que ocupaban un lugar en la corte haciendo reír a los que tenían el poder y a los que allí lamían las posaderas de los mismos para disfrutar las migajas de sus opulencias.

Pero, a diferencia de los bufones del siglo XXI, los antiguos bufones sabían unir palabras y relatar con ironía e ingenio lo peor de cada corte o expresar lo que todos pensaban y nadie se atrevía a decir por lo que se les podía reconocer una labor social.

Actualmente, los nuevos bufones no son más que vociferantes narcisistas que no se diferencian unos de otros más que en los colores de sus mechas o la circunferencia de sus bíceps. Hazme reír de una audiencia dividida entre los que saben que no son más que un circo y los que, desgraciadamente, ven en ellos uno ejemplo a seguir.

El camino marcado por hombres que habían tenido un sueño se ha convertido en nada más que en veredas de madres que por sus hijas ma-tan o por jóvenes que repiten tiki-tiki como frase célebre con la que pasar a la historia.

Los nuevos bufones han adoptado, sin saberlo siquiera porque saberlo implicaría reflexión, lo de “dame pan y llámame tonto”. Y, ahí están, mostrando sus carencias sin pudor. Exponiendo al mundo su limitado lenguaje, sus ignorancias en conocimientos básicos y sus valores basados en el artificio.

Bufones 2.0

Estos bufones que hacen reír a la mayoría, y dan vergüenza ajena al resto, se han convertido en ejemplo de éxito. Un éxito basado en el materialismo más exacerbado. Ropa, accesorios, coches…todo de marca. Miles y miles de euros quemados en la hoguera de las vanidades; sin mayor aportación a la humanidad que sus carencias sociales.

Los bufones 2.0 son los nuevos equipos de fútbol, tienen hordas de seguidores que los alientan y defienden en las redes sociales mientras luchan contra las hordas de seguidores de otros bufones. Todos ignorantes de que no son más que defensores de falsos combates creados ex profeso por los medios de in-comunicación que los muestran para seguir obteniendo sus propias ganancias. Medios que ven en sus bufones, sus followers y en su audiencia nada más que carne manipulable para sus intereses.

Volviendo al inicio, cuando comentábamos que no todos somos iguales, me refería precisamente a que no todos los componentes de una sociedad deberían poder tener el mismo poder de decisión, por ejemplo en el momento de decidir, mediante el voto, el devenir de un país. O, por ejemplo, que no todos somos iguales porque no todas las opiniones pueden ser admitidas en la discusión de un tema trascendental. Ya sé cómo suena decir esto, pero intentemos reflexionarlo.

La mayoría de los bufones hablan de todo sin vergüenza, primer rasgo definitorio de un bufón 2.0, y, aunque puedan vocalizar dichas expresiones no implican necesariamente tener una opinión. ¿Por qué? Porque los loros también hablan, y no por ello deducimos que tengan opinión.

Una opinión debe estar basada en una reflexión, una reflexión implica conocimiento sobre un tema, tener conocimiento de un tema supone estudio, confrontación de ideas y deducción. Pues bien, me temo que todo este periplo no forma parte del pensamiento bufonil. Es por ello, que nadie, en su sano juicio, se acercaría a ninguno de ellos a pedirle opinión sincera sobre cómo operar a corazón abierto o cómo enviar el primer vuelo tripulado a Marte, salvo que se quieran reír de ellos.

Del mismo modo porque sepan meter una papeleta en un sobre, chupar este para cerrarlo y poseer la psicomotricidad suficiente para atinar a meter dicho sobre en una urna no implica que hayan tenido la capacidad suficiente para saber lo que han hecho y lo que implica un voto. Fuera de la época de votaciones sus opiniones sobre cualquier tema social les debería estar limitado porque no se puede opinar sobre todo y porque si hasta el más sabio sabía que no sabía nada qué van a poder decir los que de sabios tienen lo mismo que de dinero tiene un mendigo.

Aun así, sus followers los tendrán en sus mesillas de noche a la luz de sus móviles como antaño se tenía la estampita del santo patrón al que pedirle intercesiones. Ahora, los bufones 2.0 opinan de todo y sus seguidores dicen amén mientras sueñan algún día en alcanzar su misma gloria y pasar al otro lado del espejo para convertirse en los bufones 3.0.


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