Nos estamos echando las manos a la cabeza al comprobar cómo los políticos de este país crean sus estrategias para alcanzar el poder entorno a la pandemia que ha destrozado a los ciudadanos que creyeron votar a líderes para descubrir que no son más que parásitos egocéntricos.

Sus discursos dentro y fuera del congreso no son más que panfletos de tres al cuarto para arengar a sus masas, más dignos de ser plasmados en perfiles de twitter que en las actas de dicha institución.

Pero, el uso mal intencionado de una desgracia no es propiedad única de nuestros políticos también lo es de las empresas, compañías y marcas que están metiendo el dedo en la llaga para remover nuestros sentimientos y, hacernos creer que «son humanos». Ya os aviso, no lo son. Son entes corporativas que nos ven, a nosotros sus consumidores, como números.

La publicidad se ha convertido en un acoso y derribo a la caza de cualquier cliente y no tiene medida. ¿Se piensan que los compradores somos gilipollas? Lo piensan.

Porque si no lo pensaran no gastarían sus millones en hacernos creer que están de nuestra parte. Despertad amigos, cualquier compañía busca su propio beneficio y, como vemos, todo vale, también la muerte.

La muerte directa de más de 20000 personas en España por culpa de la COVID-19; y, decimos, directa, porque tras ellas se esconden las otras miles de personas que han quedado vivas pero que se han visto destrozadas por la muerte de sus amigos, hermanos, padres o abuelos y que, aún caminando al lado nuestro, han muerto también con ellos; la muerte, decíamos, en este país está sirviendo para que todo un conjunto de buitres-marketinianos jueguen a tocar los… sentimientos para seguir registrando ventas.

Poned la televisión y veréis cómo ofrecen un millón de bollería industrial a los profesionales de la salud. Para descojonarse con el que haya tenido tan buena idea. Si no les ha matado el virus, que los mate la ingesta de grasas saturadas.

Luego tenemos el de los menús con regalo, cuyo anuncio, con una voz en off emocionada nos cuenta cómo ama a su padre. Aquí confieso que en los primeros segundos del anuncio pensaba que el padre había sido una víctima de la pandemia, pero no, el hombre no está en casa porque va a reencontrarse con su familia en el establecimiento de comida poli-multi-saturada.

Por último, y por no cansar, también están los anuncios de los bancos, esos entes que se muestran poco más que como ONGs en vez de como los tiburones que son.

Uno de los últimos anuncios muestra a sus empleados no solo empatizando con sus clientes si no dándoles soluciones satisfactorias para todos.

Caritas de sonrisa nerviosa, ojitos humedecidos por la emoción de que el banco esté de su lado…¿alguien se lo cree? ¿Alguien que haya tenido que recurrir a un banco ha sentido esa ayuda o más bien se ha sentido firmando con sangre propia su cadena perpetua?

Da igual lo que quieran vender, los de marketing insisten en que hay que apelar a las emociones, les importa una mierda si tu padre ha muerto de coronavirus y que cada vez que veas el anuncio de las hamburguesas quieras morirte tú también. ¿Cómo se puede jugar con la desgracia para vender más comida basura?

No espero ética por parte de las empresas, y mucho menos de las que pueden permitirse gastar dinero en campañas de publicidad en prime time. La ética va reñida con la riqueza pero, al menos, espero que los que estamos al otro lado de la pantalla, aprendamos a detectar la manipulación ruin de estas inmorales marcas.

Y, también esperaría un poco de ética por parte de quienes prestan su rostro y su nombre para convencer a sus conciudadanos de las bondades de los bancos. Porque, esos deportistas de élite, cantantes o presentadores que venden su imagen en favor de la banca también son responsables de los desahucios y las estafas en letra pequeña de quienes han recurrido a ellos para convencer al vulgo.

Exigimos a nuestros políticos que no jueguen con los muertos, no se lo permitamos tampoco a las marcas y a las empresas que diseccionan emociones para sacarnos nuestras monedas.


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