Siempre he oído hablar del «techo de cristal», ese espacio que no se puede conquistar, ese ascenso al que nunca se llega. Pero el que yo percibo es el de las «paredes de cristal». Esas paredes invisibles que nos separan los unos de los otros, no individualmente, sino como grupos.

Vivo en el Barrio del Carmen, un barrio obrero en Murcia, y compruebo una y otra vez que mi barrio y todo lo que ello conlleva tiene unos límites no sólo físicos. Es un barrio pobre y los pobres no pasan del Puente de los Peligros (me replanteo ahora mismo ese nombre y creo que lo pusieron como medida disuasoria para los que quieran entrar en él). Esas son las paredes de cristal que veo.

En la Gran Vía no hay señoras con bolsas de la compra, ni niños con chándal, ni papás sudorosos, ni mamás con ojeras.

En Santo Domingo no hay viejecitas de luto, ni niñas despeinadas, ni jóvenes solitarios.

Son ciudades distintas dentro de esta pequeña ciudad que es Murcia. Es la dolorosa imagen de que el rico, el señorito, la familia respetable…no se mezcla con los que no son de su clase. No tienen por qué hacerlo tampoco pero me pregunto por qué el pobre sigue en su guetto, qué le impide ocupar su sitio en la Plaza de la Catedral, en el paseo de Alfonso X…

No hay interculturalidad en los alrededores de El Corte Inglés, no hay locutorios en los aledaños del Teatro Romea, ni tiendas de segunda mano en la Platería.

No veo a mis vecinos cuando cruzo el puente sólo postales de familias felices, ropas limpias y caras lavadas.

Esa es la ciudad en la que habito y en la que me siento espectadora de un drama secundado por actores que saben perfectamente cuáles son sus papeles y, como secundarios, no se plantean, ni por un momento, ser actores principales en este puto escenario que es la vida de una ciudad construida de cemento.

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