Murcia ha pasado de reconocerse con el slogan de “qué hermosa eres” a “que fascista eres”. Es lo que tiene ser la comunidad en donde más votos consiguió el partido de VOX, que para los que no lo sepan, nada tiene que ver con aquel diccionario de lengua española que todos consultábamos en la EGB.

No caeré en la crítica fácil y decir que dicho partido representa todo lo contrario a lo que se entiende que aporta el conocimiento de un diccionario. Y, no quiero caer en ese tópico de menospreciar a los que componen un partido fascista porque, en ocasiones, entre sus filas, se encuentran individuos de talla intelectual.

La intelectualidad, dicho sea de paso, y como es evidente, no siempre va de la mano de la conciencia moral. Se puede ser un grandísimo intelectual y a la vez un grandísimo fascista. Así lo demostró un tal filósofo alemán llamado Heidegger colaborador de la ideología nazi.

Martin Heidegger

Es por eso, que no comulgo con la idea de que todos los que siguen a VOX son unos ignorantes y unas cabezas vacías. Algunos lo serán, pero, otros no.

Pero, vamos a lo que íbamos. Murcia ha salido a la palestra por ser la provincia española en la que se ha implantado el pin parental.

A estas alturas de la película seguro que ya sabéis de lo que se trata. Es, ni más, ni menos, que los padres deben firmar una autorización para que sus vástagos puedan escuchar charlas dentro del centro educativo. Charlas, por ejemplo, sobre cómo reciclar, sobre cómo reaccionar ante el bullying, sobre primeros auxilios, sobre cómo no ser víctima de ciberacoso, etc.

Entiendo que los padres deban ser informados sobre lo que sus hijos van a recibir en clase y si, desde luego, se tratasen de charlas sobre, por ejemplo, cómo asesinar sin ser detenido, entendería que los padres pusieran el grito en el cielo.

Ahora bien, las charlas en los colegios solo sirven para transmitir de forma más amena materias transversales como ecología, respeto a la diferencia, igualdad, derechos humanos, etc. Ante dichos temas, creo que cualquier padre no pondría ningún impedimento…salvo que sea de Murcia.

La tierra de los tomates y los pimientos se ha convertido en el adalid de los moralistas, en el lugar apropiado para que los terraplanistas monten su sede y los geocentristas impartan cátedra.

El pin parental ha traído algo bueno con él, mostrar de una vez por todas quienes somos cada uno de nosotros. Los que lo defienden, argumentan que nadie va a decirles lo que sus hijos deben o no deben aprender.

Estos padres-flanders ignoran que sus criaturas están expuestas a diario a información a la que prestan muchísima más atención que a las charlas en el colegio.

Ignoran que sus hijos viven en sociedad y como miembros de ella, deben ser educados en sus valores y no en los de sus padres.

Flanders

La proclama, “mi hijo es mío y nadie me dice cómo lo educo”, es similar al de, “yo conduzco a 200 km/h porque puedo y tú no me lo vas a impedir”. Pues bien, si vives en una sociedad ni una frase ni la otra pueden ser válidas. ¿Por qué?, porque las consecuencias de la “mala educación” de tu hijo la sufrirá la sociedad y tu insensatez al volante, también.

Está muy bien que los padres se preocupen ahora tantísimo por la educación de sus hijos en Murcia, de hecho, creo que las reuniones de padres están siempre a tope y que éstos se leen las programaciones incluso más que los profesores (léase esto con ironía).

Pero, esta preocupación en concreto, sobre lo que mi hijo va a escuchar o no, esconde una realidad que no tiene gracia.

A VOX, lo que le molesta, es que sus hijos reciban educación sobre igualdad (que se pregunten por qué), violencia de género (que se pregunten por qué) o sobre homosexualidad (que se pregunten por qué). Punto y final, si las charlas fueran de cómo izar la bandera en 4 sencillos pasos, se pasarían por el forro de los cojones el pin parental.

Pero volvamos a lo de que “mis hijos los educo como me dé la gana”. Eso está muy bien si formas parte de una tribu y no sales de ella.

En una sociedad, hay que educar a los ciudadanos para vivir en comunidad, y, en dicha educación, los padres deben comulgar con las leyes universales sobre derechos humanos. Si tú no quieres la igualdad para tu hijo y tu hija, es legítimo, pero no en esta sociedad. Si consideras que la homosexualidad es una enfermedad y que tu hijo es un monstruo, no eres padre para educar a tus hijos.

Procrear es fácil, lo hacen hasta las cucarachas. Educar es lo que nos diferencia de los animales, establecer normas de conducta que contribuyan a crear estados libres de prejuicios, a crear espacios de igualdad y de cooperación es lo que nos hace dignos para ser considerados seres humanos y si te estás oponiendo a ello es porque no quieres el bien común sino imponer tus ideas.

Que tu hijo sea mejor persona que tú es por lo que deberías estar luchando y no por firmar una hoja que diga que tu hijo puede recibir o no una charla que le capacite para vivir en sociedad.

Por fortuna, existen recursos para enseñar a tus hijos otras realidades, sin salirse de lo establecido en la programación curricular.

Acaso, ¿crees que no va a saber lo que es un maricón? Sí lo sabrá, porque por suerte tendrá un profesor que le leerá a Federico García Lorca. ¿Crees que no sabrá de igualdad? Sí sabrá, porque le enseñarán que Virginia Woolf escribió Una habitación propia reclamando la igualdad entre hombres y mujeres.

Tu inocente hijo se verá en Netflix, Sex Education, y la gran seríe Merlí, en donde aprenderá que su sexualidad no es un problema, y le importará un carajo que no le hayas firmado la nota para escuchar la charla LGTBI, que tenía en el colegio, porque es followers del colectivo desde hace años.

A tu hijo lo engendraste pero, tarde o temprano, sabrá que es un ser libre y que su destino está en subir un peldaño más en la evolución. Y, tú, siento decirte, no se lo vas a poder impedir, ni siquiera con el pin parental, porque el colegio solo es UN lugar en el que aprender, pero no el único.


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