Si lo hubiera preparado con más cuidado no le hubiera salido mejor. Llevaba meses deseando que llegara el buen tiempo, ni frio ni calor, ni lluvia ni excesivo sol, Mayo era una buena época para bodas, comuniones, y relax.

Su recuerdo le había desvelado un lugar alejado de la ciudad y remanso acogedor de paz. Hacía años que pasó por aquel pueblo costero camino de un lugar más allá. Pasó como pasó por otros tantos antes de llegar a su destino, pero el tiempo sólo le había dejado la huella de aquel discreto y pequeño pueblo.

Durante años había sentido un deseo dulce de volver, pero las circunstancias, su vida, el destino, no habían visto oportuno que retornara hasta muy tarde. Después de leer el cartel de bienvenida hacía más de 20 años, por fin lo volvió a leer.

El pueblo no era más que una calle principal. Arteria de una veintena de pequeños callejones empinados que desembocaban en ella. Que ascendían hacía la montaña o que bajaban sinuosamente al mar. Las construcciones eran pequeñas casas superpuestas las unas sobre las otras y cargadas de color mediterráneo.

Llegó hasta la puerta del hotel, después de caminar por una de las pendientes. Se detuvo un momento frente a él, una gaviota acababa de pasar por encima de su cabeza. Había escuchado perfectamente su chillido. No cabe duda, he llegado.

Al entrar no encontró a nadie en recepción. Era una entrada pequeña, de madera oscura, paredes pintadas de blanco y un ventanal en forma de arco que permitía ver la terraza que se volcaba sobre el mar. Frenó el impulso de ir a ver aquella terraza y espero pacientemente a que la recibiera alguien.

El hotel era modesto, de ambiente familiar, coqueto y sin grandes pretensiones. Todo el protagonismo se lo llevaba el huésped más ilustre, el sempiterno. El mar podía ser visto desde cada ventana, ventanal, mirador, terraza y agujero que hicieras en la pared, sobraba la decoración: cristal y mar, madera y mar…

– Perdón, no la había oído entrar.
– No importa. Tenía una habitación reservada.
– Sí…su nombre es…
– Aurora…
– Sí, aquí está, habitación 122. Si quiere seguirme se la enseño.

Las dos mujeres caminaron por uno de los pasillos del hotel hasta llegar a unas escaleras que las conducían hasta primer piso. No había más escaleras, no había más altura, no había más pisos.

No veo la necesidad de que me muestren una habitación, se ve por sí misma. Cama, baño, armario, y terraza…frente al mar.

Estaba impaciente por quedarse sola, no quería ningún Cicerone para su propio cuarto quería ser ella quien abriera las puertas de par en par y ver el mar desde lo alto. Todo llegará.- pensó. Y efectivamente, en seguida calló todo en torno suyo, ningún sonido exhalado de gargantas.

Silencio absoluto solamente roto por el ir y venir de unas olas que reconocía suyas. Sonido a mar en calma, a mar eterno que saborea la orilla.

Salió a la terraza y cerró los ojos, una nueva gaviota dejó su chillido en forma de eco, un continuo rumor a sal.  Apoyó los brazos en la barandilla y se recreó en el paisaje…


– Me presentaré, soy Don Diego de Calderón, supongo que mi nombre no le dirá nada pero le informo que soy descendiente de alta cuna e hidalgo caballero de los que poco o nada quedan por estas tierras de nuestro ilustre señor y dios creador.- A la vez que decía esto recogía la mano de Aurora y depositaba en ella un beso.

Aurora había bajado a la terraza del hotel, y se encontraba leyendo cuando se le presentó tan elegante caballero.

Rasgos de hombre regio, altivo, noble…y pintoresco. Barba cana de cuidado afeitado y cabeza bien protegida por un sombrero de ala ancha discretamente ladeado. Figura esbelta y casi quijotesca. Pañuelo azul sobresaliendo de un inmaculado traje blanco y sonrisa de conquistador. Aurora no buscaba compañía pero Don Diego lo ignoraba.

– ¿Me acompaña?.- En un gesto que no esperaba contestación le ofreció el brazo para que caminara junto a él. –Venga, le voy a enseñar el paseo.- Aurora accedió porque no supo qué decir para disculparse, así que se cogió a su brazo y comenzó a caminar alejándose del hotel.

Bajaron por unas pequeñas escaleras de piedra, de barandillas de desgastada madera. Años de vendavales, de lluvia y de sal las habían convertido en débiles palos que hacían más la función ornamental que la práctica labor por las que en su mejor momento fueron dispuestas. Demasiado tiempo a la intemperie, demasiada naturaleza en primera fila y demasiadas capas de barniz.

Llegaron hasta el paseo a orillas del mar, Aurora respiraba a mar y a azul, pero el continuo monólogo de Don Diego no la dejaba concentrarse en todas las sensaciones que se colaban bajo su piel.

– …pues sí, como le decía me he pasado años analizando al ser humano, y a la conclusión que he llegado es que no es nada humano. A excepción, claro está, de que esté enamorado. Es entonces, y no antes, señorita, cuando la especie humana deja de ser especie y se convierte realmente en Humana. El amor, ¿mueve montañas?, no lo sé, pero desde luego mueve a los hombres. Todas las historias que he leído, y he leído muchas, tienen como tema el eterno amor. La civilización no existiría sino fuera por él. El hombre se encomienda a su amada y crea las hermosas obras de Arte, vence a los dragones y conquista reinos. Es capaz, incluso de renunciar a la libertad. Ay, el amor, cuando llegue a mi edad lo entenderá. Antes no, antes lo vivirá, lo sufrirá, lo experimentará…pero a mi edad, cuando haya sucumbido a él, se dará cuenta de que fue quien le guió por toda su vida.
Yo me enamoré con 15 años y he seguido enamorándome toda mi vida, en estos instantes estoy enamorado de usted. Y le aseguro, que estar enamorado es la única fuente que existe de la eterna juventud. Claro, esto ustedes las mujeres no lo entienden, creen en el amor exclusivo, y sí, eso está muy bien, pero donde se ponga la conquista, la seducción, el galanteo…le aseguro que es lo único que merece la pena. Es lo que hace que la vida merezca de verdad llamarse Vida.

Caminaron despacio como cuando se sabe que nadie te espera en ningún sitio y que todo a tu alrededor está en orden. Llegaron hasta el puerto, y las palabras de Don Diego se mezclaban con las de los pescadores.

Manos abiertas, fuertes, robustas, de venas gruesas, en brazos morenos de sol. Rostros ajados, como la barandilla del hotel, atizados por el viento, horadados por el mar. No eran hombres de apariencia débil, ni de discretas voces, eran reyes de aquel entorno, conquistadores, supervivientes.

Dejó de oír por un momento la charla de su acompañante y se centró en los movimientos rudos y elegantes de los que volvían a la tierra. Remendones de redes, traficantes de historias de dioses y monstruos, de sirenas y de amores. Vividores de dos mundos, anfibios burladores del peligro.

– …no creas todo lo que te dice el viejo. Las buenas historias las contamos nosotros, y no te digo ya las buenas canciones…-gritó un joven desde una de las barcas recién llegadas.

– No les hagas caso, son jóvenes, aún creen que la vida les pertenece y que la gobiernan ellos.

Pero Aurora sí que les hizo caso y quiso conocer las otras historias, las que venían desde el centro del mar. Sin soltarse del brazo de su autonombrado caballero, se citó consigo misma a volver hasta el muelle.

Entretenida con la charla de Don Diego, y sumida, de vez en cuando, en sus pensamientos, regresaron al hotel.

– La dejo por hoy, de dónde la saqué la devuelvo. Ha sido muy grata su compañía y espero poder volver a contar con ella en breve.- Don Diego la ayudó a sentarse en el mismo lugar que la encontró, se inclinó sobre ella mientras se quitaba el sombrero y tras un breve besa mano se giró y se marchó.

Aurora lo vio alejarse hacia una de las entradas del hotel, hacia una pequeña salita en donde atendió a otra dama, ésta con el pelo cano recogido en un perfecto moño. Vestido largo de color blanco, como el de él. Parecía recién sacada de un cuadro de Sorolla. Vio como la ayudó a levantarse y los vio alejarse hacia la cafetería. Apoyados el uno en el otro.

La mujer le daba suaves palmaditas en el brazo mientras él depositaba un beso en la mejilla de ella. El beso más dulce que Aurora había visto. El beso de un eterno enamorado. De un presumido conquistador que hacía años que había sido plenamente conquistado. Sonrió para sí misma y se acomodó aún más en su sillón. (Continúa)

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