Se acostó entre las sábanas blancas de la cama que sería suya durante algunos días. Dejó la puerta de la terraza abierta, necesitaba dormir acunada por la brisa.

Sentía penetrar el mar, inundando la habitación. La envolvió el sonido continuo, el olor continuo, el silencio profundo que realmente emana del mar. Se sintió acogida y reconocida como otra criatura más. No era ajena a aquel escenario, no era espectadora.

Se estaba mojando los pies, entre sus dedos se enredaban pequeñas algas, ascendía el mar por sus piernas. En sus manos se depositaba la sal. El agua estaba lentamente invitándola a sumergirse en ella. Y así lo hizo.

Buceó por la habitación y dejó la cama atrás. Buceó hasta la barandilla de la terraza, y la dejó atrás adentrándose en la profundidad del mar. No necesitaba salir a respirar, ella era mar, era agua, era ola y se deslizaba mar adentro. Peces, corales, caracoles, estrellas, cangrejos…rodeada de vida, de silencio, de paz.

Era de noche, pero para ella todo tenía la luz del día, claridad absoluta para verlo todo, el azul inmenso de color claro, de color que ampara, que regala aliento en cada matiz. Se sumergió y siguió soñando.


El comedor se había dispuesto en varias mesas para que los huéspedes pudieran elaborar su propio desayuno. Cuando Aurora llegó había dos mesas ocupadas, una por una pareja, y otra por una familia. Se sirvió un café y se sentó con el periódico, más para ojear que para informarse.

Lentamente, saboreando cada momento dejó que fuera el café quien la fuera despertando. La luz del Mediterráneo jugaba con el cristal de las vitrinas, sin duda aquel sitio era su hogar.
– Yo no tengo miedo.- La voz de un niño protegido por unas pequeñas gafas de sol la abordó sin permiso. –Ni de los lobos, ni de nada. Voy a ir a la luna.

– ¿Irás hoy?.- le preguntó Aurora.

– No, hoy no. Cuando sea mayor. Viajaré hasta la luna y más lejos. ¿Tú has estado en la luna?, mi padre sí. Mi padre es ese que está ahí sentado, con mi madre. Ellos toman café, a mí me dan un poco porque ya soy un poco mayor. Ahora cuando acaben nos vamos a ir a bañar. Yo ya sé nadar. Y no me tapo la nariz. ¿Tú sabes nadar?. También voy a coger caracolas. Toma, ésta te la doy.- Sacó una caracola del bolsillo y se la extendió.

– Gracias. Cómo te llamas.

– John. Ah, y de nada. Es que mi padre dice que tengo que ser educado, y que tengo que decir gracias, por favor y buenos días. ¿A que he sido educado?

– Sí, señor, es usted muy educado.

– Adiós, que pase un buen día…, señorita.

– Y usted también, caballero.

John volvió a su silla y Aurora a su periódico. No tenía ganas de noticias, no era capaz de imaginar que el mundo podía seguir girando. Para ella se había detenido desde el mismo momento en el que había entrado en ese hotel. Inmersa en aquella paz, en aquella tranquilidad, no echaba nada de menos…, bueno, algo sí. A alguien, sí.

Renunció a ser abordada de nuevo y decidió pasar gran parte del día vagabundeando por el pueblo. Desde su habitación había visto ya las azoteas de las casas, el resplandor blanco que exhalaba cada pared, las macetas con geranios, las buganvillas escalando sin saber qué buscaban alcanzar…

Sin rumbo, sin tiempo, sin reloj ni civilización se fue como el recién nacido dispuesta a lo que el mundo quisiera revelarle. Y el mundo, en ese momento era un pueblo de ritmo cadencioso, de luz radiante, de naturaleza hermanada, de espacio limitado, de dulce sentimiento de vida.

Bajó por la primera calle que encontró y se empapó de aroma a jazmín. Cerró los ojos y la mente la transportó a tierra recién regada. Caminó así, siguiendo los olores.

Azahar, lavanda, romero… olor a un tiempo pasado, a una infancia perdida, a un paraíso que creía estar recuperando con cada paso que daba.

Se detenía en los escaparates de algunas tiendas. La mayoría de ambiente hippie y desenfadado. Productos llegados de la India, hechos a mano, de cuero, de forja, de ébano…alejados lo más posible del trabajo en cadena, de la perfección mecánica, de la igualdad sin personalidad. Compró un tapiz que representaba a unos elefantes alrededor de un círculo, y con la trompa hacia arriba, porque todo el mundo decía que eso traía suerte, extraña superstición que no sería ella quien pusiera en duda. Le gustará.

Llegó hasta el paseo por el que anduvo con su galán. Llegó hasta el muelle, ahora tranquilo de pescadores, lugar sin dueño esperando paciente el retorno de los que cuentan historias de mar.

Regresó al hotel después de bucear en cada calle, en cada rincón, en cada esquina y cada cuesta.

Se sentó en el mirador y espero ver como atardecía. Se emborrachó de colores, naranjas, azules, verdes, negros… Enmudeció enamorada del paisaje, sentía el aliento del mundo en sus brazos, el grito de las aves, el remanso de las olas, la luz apagándose mientras que se encendían otras tantas. Hoy John podría subir a esa luna plena. Sin querer, sin saber por qué, sintió el sabor a sal en su mejilla.

– No debería llorar por la vida.- Una voz de mujer sonó a sus espaldas.- Recuerde este instante, llévelo consigo, reténgalo en la memoria, y cuando llegue el día en el que no pueda más, recuerde que hubo un instante en el que saboreó el paraíso y que fue feliz. Y si una vez fuimos felices, nada impide que lo volvamos a ser. Y, por cierto, su amiga lleva un buen rato esperándola. Diego ha intentado conquistarla también y por eso sé que la buscaba a usted. La está esperando…y al amor, cariño, no hay que hacerlo esperar.- La anciana se fue caminando hasta el brazo de Don Diego que ya la estaba aguardando.

Aurora subió hasta la habitación y encontró la puerta entornada. La abrió sigilosamente. No había nadie. Oyó la música sonando en la terraza. Despacio, asegurando cada paso, impregnándose de aquel momento, caminó guiándose por el sonido de un viejo tocadiscos.

La vio de espaldas a ella, frente al mar, frente a la noche, envuelta en suaves acordes de piano, y de brisa…se acercó y abrazándola por la espalda le susurró: Te quiero.

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