Descubrió, sin pretenderlo, que la vida no era más que una larga sucesión de desencuentros.
Cuando apenas tenía 4 años, se precipitó al vacío conduciendo la furgoneta de su padre.
La verdad exacta es que el vacío” no era más que un desnivel entre la carretera, propiamente dicha, con su asfalto negro y su dureza, y un bancal que estaba apenas medio metro por debajo de la misma.
Su padre repartía fruta y verdura en el colegio de aquel pueblo idéntico al resto de pueblos de una provincia mediterránea.
Cada vez que su padre iba a dejar en el comedor del colegio los tomates, limones, patatas y demás productos aptos para el consumo, ella, lo acompañaba de copiloto.
Un día, como tantas otras veces, su padre dejaba la furgoneta en la orilla de la carretera frente a la puerta del colegio y justo al lado del bancal. Se bajaba, cogía las cajas de fruta y verdura y ponía rumbo al edificio que quería alimentar almas, además de barrigas.
Ella, entonces, se quedaba en su asiento de acompañante esperando que volviera.
Pero, un día, cuando él ya había entrado en el colegio, pensó que ella también podría conducir. Paso de su asiento secundario al que siempre ocupaba su padre y, sin pensarlo, cogió con fuerza el volante más grande que el de un timón. Con el atrevimiento que da la insensatez y las ganas de pertenecer al mundo de los adultos, giró las llaves que estaban puestas en el contacto.
Fue entonces cuando su propio atrevimiento la sobresaltó al escuchar el motor y sentir una sacudida que hizo que la furgoneta pareciera que diera un brinco. Las ruedas que no estaban alineadas sino giradas hacia el bancal, con aquel espasmo de la furgoneta, ayudaron a que volcara sin más remedio y cayera de costado sobre la tierra cubierta de hierbas, barro y vida.
Ella no se acuerda de más. Todo lo que pasó después se lo contaron años después los mayores allí presentes. Le contaron que su padre casi se muere del susto al salir del colegio y ver la furgoneta tirada en el huerto. Le dijeron que tuvieron que socorrerlo entre varios porque se le fue la cabeza y pensaba que, a ella, a su hija, la había matado.
Al final no murió, ella creció y sintió que ese día no fue más que un guiño de lo que la vida es, un juego al escondite entre seguir de pie o dejar de estarlo. Su primera partida con el desencuentro, sin pretenderlo, la ganó.
