Qué bien se muestra la humanidad en las grandes catástrofes. La solidaridad, la compasión y la disposición del linaje humano dando lo mejor de si. Todo para poder decir…”yo estuve allí”.

La historia más reciente nos ha mostrado ese afán por auxiliar a ucranianos obligados a abandonar su país si querían seguir vivos. Eran tales las ganas de ayudar, que hubieron quienes cogían sus coches y se iban a buscarlos para traerlos a España.

Las grandes desgracias, ahora, además tiktokrizadas y televisadas, son el espacio perfecto para mostrarnos como ángeles auxiliadores, como héroes “anónimos” que quieren que todo el mundo aplauda su “hazaña”.

La ayuda generosa deja de serlo si no puede ser exhibida.

Hace unos días un fuego devastador destruyó dos edificios en Valencia.

Por supuesto todo debía ser mostrado, y en el todo, se incluye la angustia humana. Las televisiones y las redes sociales se convirtieron en la proyección real de lo que parecía una película de ficción. ¿Su afán? Informar, según ellos. Pero, para los que aún tienen un mínimo de pensamiento libre, su afán no es más que ganar audiencia, seguidores, dinero.

Al margen de los buitres de siempre, de las cadenas de televisión haciendo zoom entre las llamas para poder presumir de captar la imagen más estremecedora, está la solidaridad con mayúsculas. Y, no hablo de mayúsculas porque sea grandiosa, sino porque es una solidaridad que sólo se presenta en este tipo de grandes desgracias. Personas que ceden sus casas para los damnificados, que donan su sangre para los heridos, que llevan comida para los desplazados, que hacen colectas para abastecerlos con lo necesario…”yo estuve allí”. En definitiva, un interés propio que no tiene nada que ver con la necesidad del otro.

Porque en el día a día puedes demostrar tu solidaridad y no lo haces. Porque el mismo al que hoy ofreces tu casa ayer necesitaba también comer, pero no lo viste porque no estaban las cámaras ni los móviles apuntándole con ese ojo de gran hermano en el que todos hemos decidido participar.

La solidaridad retransmitida, por supuesto, también es ayuda, pero una ayuda narcisista.

Por suerte no hay grandes desgracias todos los días pero es una pena que toda la buena voluntad en las grandes desgracias no exista para atender a diario las pequeñas desgracias ajenas. Porque serían más personas las salvadas en el día a día, todos los días. Pero, claro, ahí no están las cámaras y no podríamos decir, “yo estuve allí”.


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