El tiempo se resistía en avanzar. Pasaba el tiempo mirando su reflejo en el monitor apagado del ordenador.

Permanecía en el más absoluto silencio. Concentrada en esa mirada perdida que se devolvía a sí misma en el espejo de la tecnología.

Perdida en los recuerdos de antaño, almizclados, severos con ella. Paisajes difuminados, recuerdos dudosos, regalos de sonrisas, de gestos…si vivir es recordar habían pasado por ella más de 100 años. Pero, ¿qué hacer con todos esos años cuando se desvela el misterio de la vida?, ¿cuando se aprende que no hay misterio?, ¿cuando la vida pesa porque no interesa ya?.

Frente a un monitor negro se imponía el esfuerzo de seguir viviendo, fingiendo cada día, a cada hora, colocándose la máscara perfeccionada, ajustada, piel con piel, invisible. Y, por las venas solo corría la amargura de conocer el hecho silencioso de la desolación, de la resignación ante lo inevitable.

La verdad puede que nos haga libres pero nunca nos hará felices. ¿Qué hacer, entonces, cuando se descubre?, ¿cuando la caverna se llena de tanta luz que ciega más que la propia oscuridad?, ¿qué hacer cuando se mira alrededor y descubres el escenario, y el atrezo, y no puedes despertar a tus compañeros de reparto y mostrarles que estáis en un escenario?, ¿cómo decirles que la vida no hay que tomarla en serio y que todos moriremos?.