Subí casi sin detenerme la cuesta hasta la ermita. Adoquinada y resbaladiza me obligó a concentrarme en la ascensión, respirar y seguir subiendo.

Con cada inhalación no sólo tomaba aire sino que me llenaba de los aromas más cercanos. En mi ignorancia no distinguía el romero del tomillo pero ahí estaban sus perfumes de mediterráneo. De la brisa discernía ráfagas salinas de mar omnipresente, y mi imaginación se envolvía entre algas y sirenas.

Respirar no era una obligación sino que se convertía con cada paso en una borrachera de olores que iban despertando recuerdos.

Lavanda a los pies del camino, una de aquellas resecas plantas que se mantenían por si mismas destapó la carta de mi infancia.

Se proyectó en mi memoria la imagen de ropa recién tendida, de manos huesudas alcanzando pinzas y estirando cada pieza blanca y perfumada. Manos que parecían quebradizas y que eran más fuertes que las de mil soldados. Delicadas y fuertes como sólo son las manos de una madre.

Y allí estaba en la trastienda de mi mente su imagen de mujer pequeña, de sonrisa llena, de ojos cargados de lágrimas que no derramaba. Y en el recuerdo vinieron las tardes de acuarela en la mesa de camilla, de sabor a pan con chocolate, de infancia plena, de plastilina y aviones de papel…y su figura serena, calmada en un rincón del sofá tejiendo siempre como una inusual Penélope. Lagartija de cuerpo el mio que lo mismo estaba sentada que debajo de la mesa. Que lo mismo dibujaba que golpeaba una y otra vez la pared con la pelota…y su paciencia parecía eterna como las madejas que una a una convertía en destinos diferentes, lo mismo un jersey que una colcha. Liando y desliando.

Tejiendo su vida mientras yo era ajena al mundo de los adultos, guardianes de secretos que desconocía. Agrupados todos en la categoría de “los mayores” lugar destinado a todos, del que nos queremos alejar cuando lo somos. Y asciendo a la vez el camino y mis recuerdos.

Descanso el paso junto a un pino solitario que proyecta más sombra que galanía. El tronco de corteza desquebrajada hiere levemente la palma de mi mano, el olor a madera, a sus piñas, a sus hojas en forma de agujas destapa otra carta de mi pasado.

Olor a campo, a tierra árida, a tierra domesticada por las manos del hombre. Manos de hombre trabajador, de jornalero, de carpintero escondido. Manos firmes de piel curtida, de uñas redondas, de dedos cortos…y allí estoy yo de nuevo sentada en el sofá, veo su mano colgando del hombro de ella. Sus dedos se me presentan cerca de mi cara. Mano relajada, feliz de su posición y yo, insignificante medio metro juego con sus dedos. Cada uno representa una hermosa nota musical y a mi ritmo tecleo mi melodía silenciosa. Con cada nota un momento de fingido nerviosismo porque en cualquier momento las fingidas teclas se convierten en lo que son y asían con fuerza mi mano y yo río entre el miedo y la alegría de un juego sin reglas de una vida que desconoce lo que es Vivir.

Y miro esas manos de hombre nervioso que descansa por fin cuando se sienta al lado de Ella.

Y yo, ignorante de todo, sólo juego, pero la memoria graba ese instante para recordarlo en este momento junto a un árbol casi yermo.