Se escabullo de la muchedumbre y se adentró en un callejón de silencio. Sonaba la última melodía en su mente que impertinente le hacía tararear sin querer. El suelo estaba húmedo de una lluvia helada, triste, negra.

Caminaba con el peso de los años sobre sus hombros. Años de miedo, de incertidumbres, de amores rotos, de muertos…cargaba sin saberlo, un sino que la castigaba a seguir creyendo que lo mejor estaba por llegar. Renunciaba intensamente a su vida y se disfrazaba de lo que esperaban de ella.

Encontró un atajo y se coló entre dos edificios altos que apuntaban al cielo. Un ser inanimado, ausente, lejano y carente de vida. Un ser que no lo era.

Quería sacarse la canción de la mente y no podía entonces optó por retroceder con ella al instante en la que la oyó por primera vez.

Fue en el dormitorio de su último deseo de amor. Una noche de verano, con la ventana abierta de par en par, con el espesor de un calor perenne envuelto en ráfagas de ventilador.

Un calor que se adhería a las paredes, a las sábanas y a sus cuerpos desnudos. Un calor de ciudad en agosto… allí la escuchó por primera vez, envuelta en el cuerpo de su amante. Había preparado la música para ella, le había dado forma de regalo y la dispuso a sus pies. Desde entonces no pudo sacársela de la cabeza.