Se perdió en la penumbra, en la niebla gris que envolvía el espacio inhabitado.

Se escabulló entre las sombras, cruzó el puente, el camino, el aire, las espinas y el bosque.

Arrancó a tiras el traje, la ropa, los zapatos. Apareció desnudo de la vida que le había manchado durante años, de la vida cargada de los otros, de las mentiras, de las interrupciones, de los sueños inacabados.

Sucumbió al deseo irrefrenable de zambullirse en el mar, en el agua oscura de la noche oscura.

El espacio era necesario, la distancia que se mide en metros, en kilómetros, el espacio físico era una realidad práctica y necesaria, pero sobre todo era una posibilidad fácil, asequible.

Se alejó como quien preso de la sed derrama sobre sí una jarra de agua fresca, limpia, clara.

Escapó de la obligación, de la noche envuelta en quehaceres que no eran suyos, que no fueron elegidos, que no fueron negociados. Escapó de la perdida de sí mismo, del huérfano de sueños, de historias sin inventar, de relámpagos que nunca se convirtieron en truenos, en tormenta…

Pisó firme el suelo, pisó su sombra, pisó con ansia de empezar el camino, con la fuerza que imprime a veces el miedo.

Subió las escaleras que siempre había visto, las que le esperaban desde un principio, las que habían sido construidas cada día por él mismo. Puso el primer pie en el primer peldaño, en el primer escalón, en el primer haz de leña convertido en tabla, convertido en madera, convertido en trampolín, en impulso. Miró atrás.

Por primera vez se alejaba del suelo, de la tierra, de la masa arenosa que le retenía. Por primera vez había dejado atrás años de lucha, de áspera tierra que le impedía volar…volar.

Se alzó como rey en el último escalón. Miró el camino ascendido, se vanaglorió de su cima, se rindió a los pies, se alzó sobre sí mismo.

Dió la espalda al mundo que había conocido y corrió hacia el acantilado desplegando los brazos como alas…y por un instante voló. Antes de que su vida se convirtiera en fin, voló.