Aprendió a reconocer a las personas por su rostro, más bien por sus ojos. Los ojos delataban de las que te podías fiar y de las que no. Los ojos no eran sólo el espejo del alma sino la clave para reconocer a los que se habían quedado sin ella.

Deambulaba hacía varios días por las mismas callejuelas sin ser apenas vista. Rescataba de su memoria un pasado tan cercano que apenas era pasado porque en cualquier momento podría volver a convertirse en presente.

Pero ella quería mirar desde la atalaya del olvido, desde el paradigma de la insatisfacción y de la pena. Sucumbía cada tarde a un paseo que comenzaba en el salón de su casa.

Primero empezaba como un hormigueo que se instalaba en sus piernas, posteriormente se iba convirtiendo en una incomodidad en la postura. Se giraba, se sentaba, se tumbaba…se le dormían las extremidades, piernas, manos…se ponía de pie y paseaba hasta la cocina, abría el frigorífico y lo volvía a cerrar. Volvía al sofá y de allí al aseo. Se miraba en el espejo. Surgía la idea de vestirse y salir a la calle, y lo hacía.

Pantalón, camiseta, botas, chaqueta y las manos vacías. Cogía el móvil y lo volvía a dejar. Incomunicada salía al atardecer desde hacía más de un mes.

La ciudad le permitía aislarse de su pensamiento distrayéndola con la desarmonía de ruidos y movimientos. Se movía como un pececillo más, como una partícula de polvo más mientras se alejaba de todo ello.

Pasaba las tardes en la calle, hasta que anochecía…y continuaba en ellas casi hasta el amanecer.

Intentaba olvidar con cada pisada. Olvidar la vida, los amigos, las parejas, las pérdidas. No lo conseguía.

Con cada paso volvían todos de golpe y de uno en uno.

Todos los recuerdos acumulados, todo el universo propio se materializaba en su mente impidiéndole desembarazarse de él. No sin dolor. No quería pensar y no podía evitarlo.

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