Llueve y te escribo desde el mismo ímpetu de estas gotas misericordiosas que caen. Alejada del mundo rebusco entre los pasos que ya he dado y te apareces de nuevo una y otra vez.

Sin tiempo para el recuerdo llegas y sin más espera te marchas.

No hay rumbo que me disponga hacia ti. Te perderé como la misma gota que cae, una y otra vez la misma, una y otra vez perdida.

No he querido verte, no quiero saber de ti. Me alejo y me refugio en esta casa junto al acantilado. Lejos del mundo y enfrente de él.

No hay tiempo y el cabrón no deja de pasar. Aplasta mi cabeza contra el suelo y le oigo reírse sobre mis espaldas, me levantaré y se habrá ido.

No cae más que simple agua del cielo y yo creo que estoy en un acantilado. Todo es mentira, hasta mis letras, yo misma y tu recuerdo. No hay recuerdo.

Apagaré la música y escucharé la tormenta del mar, apasionante quiebro. Mujer frente al mar, romántico cuadro mil veces repetido, y soy la figura que mira y a la que miran. Y soy y no soy a la vez.

No hay pasos, el sigilo de la tormenta aplaca mis pasos. Inmóvil figura. Amante muerta. Más que muerta olvidada, enterrada, fría, lejana, callada, ninguna. Nada.

¿Recuerdas el paraíso?, se acabó. Ahora estoy tirada, desgarrada, he sucumbido de nuevo a mi misma.

Te miento al hablar, no soy yo la que te está contando, la que está escribiendo es otra que no conoces, la que me quiere enseñar un mundo distinto, intenso, oscuro, pantanoso, confuso, tremendamente lleno, pleno, nuevo.

¡Ah, qué puto embrujo tiene el abismo!. Es la tormenta la que habla por mi, es un buen día, no tengo más que el alma llena de mi.

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