No es cuestión de ser listo, tener conocimientos o saber comportarse en público, se trata de no presumir cuando se carece de todo ello.

Cada vez más son los que se pavonean de su falta de cultura general, de sus malos modales y de sus pésimas actitudes con sus semejantes. La manida frase “yo es que soy así” es la excusa para seguir siendo un cerril, un maleducado y un camorrista.

La mediocridad se ha instalado desde hace años en ésta única sociedad que conozco y sobre la que opino. La excelencia está denostada y se premia lo ordinario, lo que aborrega aún más a las masas y lo que conlleva un espectáculo poco enriquecedor para el espíritu.

Será cierto que, ¿no somos más que lo que vemos y por lo tanto no debemos aspirar a más?, ¿sólo somos un cuerpo que vaga por este mundo a la espera de la tierra que lo cubra o el fuego que lo convierta en cenizas?, si, esto es así, es lógico que los que llamo “más que tontos” estén en el camino correcto y no se vean en la obligación de crecer en mente y en espíritu y se limiten a crecer solamente en tallas de pecho y músculos.

¿Por qué digo todo esto?, porque hace unos días, escuchaba en la radio a un grupo de mujeres muy mayores hablando de sus experiencias vitales y todas coincidían en que les hubiera gustado aprender más, haber podido estudiar, ser “más listas”. Ponían el valor del conocimiento por encima de los valores materiales, un hecho a tener en cuenta, ya que todas ellas habían sufrido las penurias de una posguerra. Ninguna decía, “a mí me hubiera gustado tener más dinero”, “haber viajado más”, “ser famosa”, ¡no!, todas se habían sentido pobres de conocimientos.

Este ejemplo no es el único que conozco, antes había oído ese mismo discurso en boca de mi madre. Una mujer de pueblo con la formación justa y que valora de forma natural los discursos coherentes, la educación y el conocimiento.

En ambos casos, además, a ese afán de conocimiento, se suma el trato educado que debe mostrarse en sociedad. Un trato que, en esas edades que sobrepasaban los 80 años, incluía el llamarse, entre ellos, con un “usted” por delante.

Pues bien, escuchando ese anhelo por haber podido alcanzar escalinatas académicas me viene a la cabeza todos esos tontolabas que presumen de ser paletos, además, de comportarse como asilvestrados.

Digo esto porque poner la televisión te hace chocar con una parte de la realidad que defiende la inutilidad y los malos modales por encima de otras actitudes que pueden ayudar a crear una sociedad mejor.

El hecho de no querer instruirse es una elección válida, pero presumir de ello implica que eres un tonto muy tonto. No saber, no haber podido estudiar o no haber podido crecer intelectualmente no da como resultado que seas tonto, lo que te hace serlo es vanagloriarte de ello.

La educación en España está al alcance de todos y no necesariamente tienes que someterte a la reglamentación para aprender, por suerte, internet te puede proporcionar material de sobra para crecer en los conocimientos que más te emocionan, pero no, a los tontos muy tontos, internet sólo les sirve para mostrarse como son, colgar vídeos de lo tontos que son y seguir ganando seguidores, que ven en ellos a sus líderes y que aspiran a ser como ellos, es decir, tontos muy tontos.

Cuando en el mismo espacio temporal existen personas que anhelaban estudiar y no pudieron junto a las que pueden estudiar y no lo hacen surge este artículo para mostrar como el paso del tiempo no es en sí mismo ningún avance.

Si a la falta de interés por formarse se le añade la incapacidad de desarrollarse de forma respetuosa con quienes conviven contigo es hora de ir bajando la persiana y que llegue de una vez por todas el meteorito.

Lo digo porque la falta de educación se impone de manera casi intolerable. Falta de educación que va desde olvidarnos dar los buenos días al cruzarnos con el vecino en el ascensor hasta la de no dejar hablar a quien tienes enfrente o, lo que es peor, no escucharlo porque tú tienes preparado un discurso que no te lo va a rebatar los argumentos que él tenga. Y, ese discurso tú lo vas a exponer sí o sí.

Ahora con la campaña electoral en marcha, esta actitud prepotente y, de alguna manera amenazante, se está exponiendo con toda claridad. Los tontos muy tontos son los que gritan más fuerte, los que dejan al otro con la palabra en la boca, los que manejan mejor el insulto y los que descalifican atacando a la persona en vez de a sus argumentos.

Bienvenidos a los tontos muy tontos de las elecciones 2019. Muñecos inflados de proclamas que, en muchas ocasiones, no son suyas y que las repiten cuales loros amaestrados. Su discurso no cambia y a base de martillo pilón pretenden influir en su masa de seguidores. Son discursos contra hechos que no pasan por el filtro de la racionalidad. Titulares expulsados por bocas que no están regidas por una mente clara que les dé sentido, en definitiva, porque saben que su público tampoco los van a poner en cuestión. Puede, en todo caso, que quienes los cuestionen sean los adversarios políticos pero para eso ya está la calumnia personal para derivar la atención y el “tú más”.

Los tontos muy tontos están entre nosotros disfrazados de concursantes televisivos, tertulianos y políticos de tres al cuarto que gritan más que hablan y hablan más que piensan.

El mundo sé que seguirá girando a pesar de todo, pero, estoy segura, que lo hará a trompicones si no volvemos la atención a mejorar como seres humanos.

Imagino que para los que creéis que el ser humano no es más que carne y huesos, esta perorata de artículo os importará un bledo, pero para los que aún creemos que el ser humano es cuerpo, mente y espíritu, atender sólo a una de sus esencias, es retroceder como especie. Y eso, nos guste o no, lo pagamos todos y no solo los tontos muy tontos.