Se me va la cabeza, lo reconozco, cuando en un mismo día asesinan a tres mujeres en España a mí se me va la cabeza y mis palabras se tornan duras y no pasan por el filtro de lo políticamente correcto y ni siquiera de lo ético, ni de los principios morales, y soy incapaz hasta de reconocer los derechos humanos.

Me posee la violencia, el grito, la palabra mal dicha, el odio, la rabia y todos aquellos sentimientos que te convierten más en bestia que en humano. En mi defensa, justificación para muchos, diré que me duele el asesinato de mujeres porque soy una de ellas, formo parte del club de las XX y yo, como el resto, somos carne de asesinato, víctimas potenciales, cuerpos a la espera de encontrarse con su verdugo.

Y podemos salir a la calle a gritar que no tenemos miedo, y que ni una más…pero, a la vista está que es un grito en el desierto.

Que las mujeres importamos una mierda a las instituciones tengan el rango que tengan, que no están siendo asesinados ellos, que cuando un hombre se va de viaje solo le dicen: diviértete, pero si una mujer viaja sola lo que le dicen es: lleva cuidado. Una sutil diferencia que muestra quien pisa el mundo y quien es pisado por el que pisa el mundo.

Ser asesinadas porque no te adaptas a la idea de mujer que tiene tu pareja es más que un crimen, es una llamada a todas nosotras de lo que te puede pasar si no acatas las normas no escritas de una sociedad que cabalga pero no avanza.

Y aquí seguimos, con miedo, pero de pie, porque en el espíritu de la mujer también existe un pequeño hálito que le ha permitido no doblegarse a lo largo de la historia y que gracias a él muchas mujeres destruyeron las jaulas de los convencionalismos de su época para, consciente o inconscientemente, ofrecer un horizonte más despejado a las mujeres que veníamos detrás.

¿Qué vamos a hacer nosotras, las mujeres del siglo XXI, las que estamos siendo sacrificadas en el altar del poder masculino, del machismo, del patriarcado, de los hombres que nos ven como posesiones, como adornos que la naturaleza les ofrece?, ¿qué vamos a hacer? Nada, porque la respuesta es demasiado violenta para poderla escribir.

Mujeres asesinadas. Dejemos de tener hijos

En mi delirio de rabia se cuela una distopia en la que las mujeres, unidas por seguir vivas, se niegan a tener hijos mientras continúen sus asesinatos.

Pensadlo un momento, todas las mujeres del mundo, todas, dejarían de tener hijos mientras se siguiera matando y violando mujeres.

¿Qué pasaría en España si nos negáramos a tener hijos mientras continúa esta masacre aunque solo fuera durante un año?, se resentiría la sociedad por completo: sanidad, educación, economía…

En los primeros años no habrían niños por lo que empezaría a desaparecer la figura del pediatra, del maestro, comenzarían a cerrar guarderías, colegios, parques de bolas, tiendas especializadas en artículos para bebés… a largo plazo habría un déficit de mano de obra y todo un país se derrumbaría por completo.

Inevitablemente, ante tal planteamiento, los políticos de turno tomarían entonces cartas en el asunto, de verdad, porque estaríamos destruyendo la sociedad en la que tienen su asiento.

Imaginadlo, mujeres que deciden no tener más hijos hasta que la sociedad que las mata renuncie a hacerlo.

Vosotras, las que sois o vais a ser madres, ¿queréis una sociedad en la que vuestras hijas ya nazcan con el estigma de víctimas, de futuros cadáveres a manos de un hombre y no de la Parca?

Mujeres, tenemos el poder, ¿no os dais cuenta?, de acabar con el asesinato de mujeres, del nuestro propio, y proteger así a nuestras hijas de una sociedad que se manifiesta como enemiga.

Es una distopia, lo sé, pero también es el refugio de una mujer que se siente víctima potencial y que no puede verbalizar, sin cometer delito, de lo que realmente piensa.