A nadie le gustan las etiquetas, todo el mundo las rechaza, yo en cambio os voy a exponer las mías nada más empezar, ¿por qué?, porque antes de que me las pongan otros me las pongo yo y, al menos, las puedo elegir.
Mis etiquetas son, para empezar:

  • Mujer
  • Feminista
  • Lesbiana

Y, después de estas, otras tantas como:

  • Filósofa
  • Roja
  • Cinéfila
  • Lectora
  • Zurda…

Algunos dirán que las etiquetas no son más que prejuicios, que simbolizan un todo que a veces no se ajusta a la realidad; de ahí que estén tan denostadas y que todo el mundo huya de ellas pero, paremos un momento, y escuchémonos cuando nos presentamos ante alguien.

¿Qué exponemos si no son etiquetas?.

No nos gustan que las etiquetas nos definan pero todos nos definimos a la minima oportunidad que tenemos de exponer si somos del Real Madrid o del Bar¢a, si votamos a la derecha o a la izquierda, si somos homosexuales, heterosexuales, poliamorosos o célibes…entonces, ¿no nos presentamos ya con etiquetas? ¿Por qué tenemos tanto miedo a ellas?

Yo soy mujer, me encanta ser mujer, y por ello, me defino como tal. Me da igual la idea que de mujer tenga el de enfrente porque lo divertido es vivir “tu etiqueta” como a ti te dé la gana, y si se ajusta poco a la idea que los demás se han creado de ella, suele ser aún más divertido.

Soy feminista desde que tengo uso de razón y, como tal, me defino.

¿¡Qué!, si ahora se ha puesto de moda?, qué más dá que la etiqueta, para algunos, suponga un insulto, soy feminista y me “etiqueto” como tal.

Y, es más, dentro de la ideología feminista, me etiqueto como feminista de la diferencia (aclaración: lo contrario de la igualdad NO ES la diferencia, sino la desigualdad).

Porque, para quienes  no lo sepan, el feminismo es capaz de acoger diferentes corrientes de pensamiento, en primer lugar porque no hay miedo a la reflexion, a la palabra, al logos; y, en segundo lugar, porque, el feminismo, no es un dogma, por lo que resulta más fácil escuchar diferentes discursos para un mismo fin. Si esto no es maravilloso, que vengan Simone de Beauvoir y Luce Irigaray y lo digan.

Soy lesbiana y sé la carga peyorativa que supone puesto que es una diana perfecta para quienes ven en las minorías, y en los que no llevamos una vida “normal”, el espacio idóneo para sus desahogos/taras mentales.

Pero, que más dá lo que el otro opine de tu etiqueta. Soy lesbiana y no va a ser otro quien me defina por etiquetarme con ella, al revés, me defino yo al elegirla y la configuro a mi imagen y semejanza. A veces me pareceré a lo que en el pensamiento colectivo se entiende como lesbiana y otras veces chocará con él.

Sea como fuere no voy a renunciar a decidir sobre lo que me define o no por miedo a las etiquetas.

¿Por qué digo todo esto?, porque escucho a las personas decir que no les gusta que las etiqueten, que eso supone un encasillamiento, pero no es cierto.

El pensamiento mediocre es lo que permite que una etiqueta se convierta en un prejuicio, en una simplicidad. Son las mentes estrechas las que convierten las etiquetas en caricaturas. La realidad es otra.

Actualmente, hay mujeres de pensamiento feminista que no quieren definirse como tales, de nuevo, porque la sociedad las ha caricaturizado, como antaño, y ha devaluado la etiqueta de “feminista”, señalando a las mujeres que la llevan por bandera porque es “trending”.

Están, también, las que la rechazan porque creen en el discurso que les han vendido los hombres de que están “locas y son unas exageradas”, o no quieren que las llamen “feminazis”.

Pero, siempre estarán las que recojan la etiqueta de feminista, para defender un pensamiento  que no entiende el mundo si no es desde la lucha por la justicia y la igualdad de oportunidades (y quedáos con la frase “igualdad de oportunidades”, no “igualdad”).

No tengamos miedo a las etiquetas, nosotros somos los que debemos elegirlas y ponérnoslas como quienes se ponen el traje de gala y eligen las medallas que les definen.

Soy mujer, feminista, lesbiana y blanca, aunque esto último me encantaría cambiarlo por mujer negra, pero, qué le vamos a hacer, como decían al final de “Con faldas y a lo loco”, “…nadie es perfecto”.

 

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