La actualidad está sacando a la palestra la palabra fascista porque, entre otras cosas, no para de repetirse una y otra vez al ser gritada por todos y cuando decimos todos nos referimos a los que militan en bandos contrarios.

La derecha grita fascista a la izquierda, la izquierda a los ultras, los ultras a los nacionalistas y los nacionalistas a los patrióticos…y así hasta el infinito y tristemente más allá.

Dicha palabra corre por las redes como la pólvora, se ha popularizado y se utiliza de forma tan a la ligera que se confunde y se usa para aquellos que se consideran intransigentes, obtusos o para definir a cualquier persona que no comparte nuestros principios o se niegue a reconocer la verdad que le ofrecemos.

Ahora mismo son llamados fascistas tanto el policía de barrio, como el que te prohíbe fumar, como los que portan una esvástica, los que quieren la independencia de Cataluña o los que se oponen a la independencia de Cataluña. Todos ellos son fascistas dependiendo de quién esté hablando. 

Gritamos la palabra fascista porque queremos apelar al miedo que en la conciencia colectiva de la mayoría de las personas despierta esa palabra.

Mi definición de fascismo no tiene que ver ni con su origen ni probablemente con la historia pero por su carga de violencia lo entiendo como todo movimiento que es capaz de sacrificar al ser humano en aras de una ideología particular, sea esta la que sea.
Es la hoguera en la que prenden todos los odios y que la va alimentando hasta quemarlo absolutamente todo.

¿Qué quieren los fascistas?

El silencio y la complicidad. Quieren seres autómatas y domesticados que los sigan en sus consignas y no pongan en tela de juicio ni su discurso, ni sus acciones.

Si ellos dicen que la Tierra es plana, es plana y si para ello tienen que falsificar documentos lo harán y los presentarán como verdaderos. Aunque lo mejor es que no les pidas que te lo demuestren porque entonces serán señalados como alborotador.

El pensamiento libre, la autoconciencia es a lo primero que dispararán.

Miedo. El fascismo se alimenta de la inquietud, de la duda, del miedo. Crean discursos en los que propagar amenazas a las que hay que combatir y ese combate necesita fieles y valientes soldados y un líder indudablemente iluminado y visionario que los guíe.

Para el fascista todo supone una amenaza porque es su forma de ejercer el control. Genera el miedo en sus acólitos para que estos estén en guardia y sean sus chivatos, sus perros en busca del disidente, del extranjero, del negro, del moro…, del otro que no es nosotros.

El fascismo, entendido como el movimiento que quiere hacer desaparecer al otro, está resurgiendo en Europa. Juega con las carencias intelectuales, busca entre los frustrados sociales, en los que creen en un pasado glorioso (que ni vivieron), apelan a alcanzar la gloria mediante las acciones heroicas (que pasan por todo menos por salvar a nadie).

El fascismo está llamando a la puerta y nos burlamos de él apelando a que son unos ignorantes, unos tontos, pero la ignorancia no tiene que ver con sus líderes, tal vez con sus seguidores, pero aun así no los hacen menos peligrosos, al contrario.

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